Reflexión tras el Encuentro Interprovincial de Parroquias


euskal-herria.jpgQuiero compartir mi experiencia en el encuentro y mi reflexión posterior. En ella utilizaré algunos de los símbolos que utilizó el ponente en sus “conferencias” aderezados con los míos propios. Como sólo soy una catequista de a pie, lejos estoy de utilizar términos teológicos con los que en ocasiones nos abruman los sacerdotes, obispos, vicarios y demás “élites” de la Iglesia Católica. Sólo es la experiencia de un soldadito de a pie que recorre todos los días el campo de batalla.

 

Absorbida por la rutina de la vida diaria, en ocasiones me olvido de cuál es el norte en esto del proceso de Iniciación Cristiana. Un rasgo muy significativo y verdaderamente delatador es el lenguaje que utilizamos los catequistas: “Voy a mi clase”, “¿Dónde está el libro de 3º?”, “¿Por qué tema vas tú?”, “Los chavales de mi grupo no saben nada”. Esto, que lo hemos oído tantas veces en nuestros encuentros y revisiones, me resultaba más de lo mismo, sin caer en la cuenta de que había transformado las sesiones de catequesis en clases particulares o extraescolares. Y la prueba más fehaciente de ello es que los niños nos llaman profesores. Así es como ellos nos perciben.

 

A comienzo de curso y debido a que ahora me hago cargo del Oratorio yo les pedía que me llamaran por mi nombre y no “profe”, cosa que a día de hoy, en marzo, aún no he conseguido. ¿Por qué? Antonio, el vicario tinerfeño, ha conseguido que lo descubra: si nuestro objetivo es “parir cristianos”, “iniciar en la fe”, he perdido el norte: no estoy transmitiendo mi experiencia de fe y de vida, sólo me estoy limitando a dar clases de catequesis, a pasar unos conocimientos racionales que a los niños les suenan a chino (entre otras cosas porque algunos no están iniciados). Antonio nos ponía un ejemplo muy significativo, que voy a adaptar un poco: Imaginemos que tenemos que presenciar la exposición de una tesis doctoral sobre astrofísica aeronáutica. ¿Qué entenderíamos? Nada en absoluto. Eso es lo que les pasa a la mayoría de las familias y niños que no están iniciados. Por eso a los niños les aburro. Me falta ardor evangélico en la transmisión y eso es lo que los niños intuyen de manera instintiva e irracional. No soy ejemplo porque en mi interior no luce la llama de la fe que impregna toda mi vida. Es sólo una actitud estancada metida en una caja dentro de mi armario personal que abro y cierro según las circunstancias.

 

 

Así que mi primera asignatura pendiente es poner al día mi fe algo acallada por la rutina (¿cuánto hace que los catequistas no tenemos una convivencia para tener nuestra FE engrasada y pulida poniendo la atención en nuestra faceta de transmisores de fe?). Los “músculos” que no se ejercitan, se atrofian y se retraen.

Antonio nos decía que estamos en una época de crisis de fe. En las personas de nuestra generación puedes oír a gente decir que no cree en la Iglesia, en los curas, en los ritos católicos. Las nuevas generaciones reconocen abiertamente (él tenía la experiencia personal con un sobrino adolescente) que no tienen fe. Cuestión importante y a tener en cuenta.

 

 Otra cuestión: metemos en el mismo saco a niños (los menos) que ya traen cierta experiencia religiosa porque la viven en sus familias y a niños (los más) cuya experiencia y la de sus familias es nula. “Obligar por decreto” a participar en algunas de nuestras celebraciones con las que no se sienten identificados puede llevarles a sentirse como Mr. Bean en la iglesia (en algún momento veremos el sketch). No podemos medir con el mismo rasero las diferentes experiencias: si uno dejó los estudios en EGB y quiere acceder a la universidad, tendrá que pasar primero por el curso de adaptación y, una vez en la universidad, empezar en 1º y no en 5º. Esto que nos parece tan obvio en el mundo académico, nos cuesta entenderlo en el mundo parroquial. Porque también en éste hay diferentes niveles y no tenemos más que ver que nuestra evolución personal realizada en distintas etapas. (Aún siendo consciente de haber tenido fe, ¿es ésta la misma cuando tenía doce años, veinte, o treinta?)

 

Me equivoco cuando en las sesiones de oratorio no pongo mi prioridad en atender de manera personalizada a cada niño. Ayer hice una prueba en una de mis “nuevas” sesiones: pregunté uno por uno (en el grupo de 1º) quién sentía y quién no que Jesús les hablaba en su corazón. Se expresaron muy sinceramente: unos pocos sí y otros no. Hasta el momento había tratado a todos pensando que sí. Error mío que no he sabido detectar desde hace tiempo: no permitamos que la obviedad (nuestra) nos impida ver la realidad (la de los otros). Y segunda lección de humildad: en el momento en que me deje de doctrinas adultas y baje al mundo de los niños, me preocupe de sus vidas y sus problemas, de su día a día llegaré a conectar con ellos y conseguiré que mi ejemplo de vida les haga cuestionarse la suya propia. Ahí reside el objetivo principal de la verdadera transmisión de la fe. Lo demás son elementos secundarios, zarandajas, que dice el dicho popular.

 

¿Cuál es el problema para mí como catequista? Que tengo que cuestionar mi fe y “desnudarme” públicamente todos los días que tengo encuentros con ellos. Defender mi posición como cristiana ante la sociedad. Dejar de vivir tan cómodamente como lo he estado haciendo hasta ahora. En ocasiones (y me temo que serán muy numerosas) me dejarán in albis sin saber muy bien qué decir (es difícil explicar la fe y lo que uno siente), pero no me quedará más remedio que abandonar la seguridad de las verdades absolutas y mostrar mi fragilidad como persona y como creyente. Lo que no es nada fácil.

 

Nueva cuestión: No somos una empresa para hacer balance de pagos. Soy una mujer (u hombre, cada uno lo que sea) que transmite la fe, no una trabajadora que tiene que conseguir unos objetivos económicos de superávit. No debo esperar resultados: debo dar para que me usen y me desgasten sin saber si habrá recompensa (aunque sólo sea anímica). Me toca sembrar, y regar, y cuidar, y fumigar, pero no seré yo quien recoja los frutos. Entre otras cosas porque tampoco sabremos si los hay. Sólo me queda la certidumbre de saber que he hecho, no lo que debía, sino lo que me incita a realizar el tesoro que tengo en mi vida y que deseo compartir. Eso es gratuidad. Como la de Jesús de Nazaret.

 

La tarea que nos toca es ingente, aplastante y hasta abrumadora. Sólo pretendo convenceros de que cada uno con su carisma y los dones que Dios le haya dado, y a pesar de los diferentes puntos de vista que tenemos de las cosas, seamos capaces de subirnos a la barca, remar mar adentro y hacernos pescadores de hombres. Jesús nos acompañará en el viaje y aunque a veces se quede dormido, sólo está dormido que no “tieso” como decía Antonio.  Confiamos más en nuestras propias fuerzas humanas que en la fuerza que nos viene de lo alto: la de Dios Padre.

Emma

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