Su luz brilla en medio del lodo


1214515810681_benedicto_xvi.jpgEn cope.es

Quizás esté siendo la Cuaresma más dura de Benedicto XVI. A la amarga verificación de cuanto dijo en aquel histórico Vía Crucis de 2005 (“¡cuánta suciedad en la Iglesia!”) se une una repugnante operación de caza en la que participan desde distintos ángulos la prensa laicista, la disidencia tipo Küng y los lobbys de los nuevos derechos. Días de plomo y furia en los medios, Pedro de nuevo en medio de la tempestad.

Con una precisión de relojero saltan los casos perfectamente medidos, como bombas que persiguen su objetivo. Y mientras se espera la carta dirigida a los católicos de Irlanda tras las terribles denuncias del Informe Ryan, la prensa destapa historias ya viejas en Holanda, en Alemania y en Austria, muchas de ellas juzgadas y archivadas veinte o treinta años atrás. Material inflamable para construir una historia tan sucia como mentirosa. Así comienza en páginasdigital.es José Luis Restán su artículo sobre la posición de la Iglesia ante los abusos.

Se trata de instalar en el imaginario colectivo la figura de una Iglesia que ya no es sólo un cuerpo extraño en la sociedad postmoderna, sino una especie de monstruo cuya propuesta moral y cuya disciplina interna abocan a sus miembros a la anormalidad y al abuso. Sí, ésta es la Iglesia que educó a Europa en el reconocimiento de la dignidad humana, en el amor al trabajo, a las letras y al canto, es la que inventó los hospitales y las universidades, la que forjó el derecho y limitó el absolutismo… pero eso ahora no importa. Y con la misma delectación con que algunos se aplican a eliminar su rastro de los espacios  públicos, otros se aprestan a demoler su imagen.

Ya escucho la pregunta: ¿pero es verdad o no lo que se nos cuenta? Veamos los datos. En Alemania, por ejemplo, de los 210.000 casos de abusos a menores denunciados desde 1995, 94 corresponden a eclesiásticos. Cierto que 94 casos en parroquias y colegios son una enormidad, constituyen una llaga en el cuerpo de la Iglesia y plantean gravísimas preguntas. Cierto también que de los miembros de la Iglesia, especialmente de quienes tienen el encargo de educar, se espera siempre más que de la media, pues a quien mucho se le ha dado mucho se le ha de exigir. Pero digamos también muy claro que la Iglesia no vive en el espacio, fuera de la historia. Está formada por hombres débiles y pecadores, su cuerpo se ve asaltado por las corrientes culturales de la época y no faltan momentos en que la conciencia de muchos de sus miembros está más determinada por el mundo que por la tradición viva que han recibido.

 

El horror de estos casos no puede minimizarse, y por eso Benedicto XVI (ya desde que era Prefecto de la Doctrina de la Fe) ha puesto en marcha una formidable tarea de saneamiento cuyos frutos ya son incluso cuantificables. Pero cuando la gran prensa fabrica primeras páginas  a costa de 94 casos y calla miserablemente sobre los otros 200.000, estamos ante una operación asquerosa que debe ser denunciada. Las cifras de esta catástrofe nos hablan de una enfermedad moral de nuestra época y reclaman dirigir la mirada, no al celibato de los sacerdotes católicos, sino a la revolución sexual del 68, al relativismo y a la pérdida del significado de la vida que aflige a las sociedades occidentales.

El sociólogo Massimo Introvigne ha publicado al respecto un magnífico artículo en el que explica que el huracán mediático de estas semanas responde a lo que se conoce como un fenómeno de “pánico moral”, perfectamente teledirigido desde determinados centros de influencia. Según su explicación se trata de una “hiperconstrucción social” tendente a crear una figura predeterminada (el monstruo del que hablamos al principio) con materiales fragmentarios y desperdigados en el tiempo. Existe ciertamente un problema real: sacerdotes (siempre demasiados) que han realizado el nefando crimen del abuso a menores. Pero las dimensiones, los tiempos y el contexto histórico son sistemáticamente alterados o silenciados. Nadie pone esos números de la vergüenza eclesial en relación a la totalidad brutal del problema; nadie dice, por ejemplo, que en los Estados Unidos eran cinco veces más los casos imputados a pastores de comunidades protestantes, o que en el mismo periodo en que en ese país fueron condenados cien sacerdotes católicos, fueron cinco mil los profesores de gimnasia y entrenadores deportivos que sufrieron idéntica condena. ¡Y nadie ha pedido cuentas a la Federación de baloncesto! Por último, el dato más escalofriante: el ámbito más habitual de los abusos sexuales a menores es precisamente el de la familia (allí suceden dos tercios del total de los casos contabilizados). Por tanto, ¿qué tiene que ver el celibato en todo esto? Dejemos aparte las viejas obsesiones de Küng, su arcaica cruzada para vaciar a la Iglesia de su nervio y sustancia. Pero de los diarios laicos, tan puntillosos y cientifistas, cabría esperar un poco más de objetividad.

La semana pasada el “pánico moral” teledirigido ha centrado bien alto su objetivo. La caza ha buscado una pieza mayor, el propio Benedicto XVI, el Papa que ha abierto ventanas y ha establecido una batería de disposiciones de máxima transparencia, colaboración con las autoridades y, sobre todo, sanación de las víctimas. Ha sido el Papa que en Estados Unidos y Australia se encontró cara a cara con quienes habían padecido esa terrible experiencia, para pedirles perdón en nombre de una Iglesia de la que ellos son miembros heridos, y merecen por tanto una preferencia total. Las insinuaciones sobre el Papa Ratzinger en esta materia merecerían simple desprecio si no fuese porque indican algo importante de este momento histórico. Hay un poder cultural, político y mediático que ha puesto a Pedro en su punto de mira, ya sin rubor y sin embozo. Cierto que no es la primera vez, y conviene recordarlo.  Pero el furor y las armas de esta hora son, si cabe, más insidiosas que los de otros momentos de la historia.

Es posible imaginar la conciencia lúcida con que Benedicto XVI contempla este oleaje, y el consiguiente dolor que le acompaña en este momento dramático en que él mismo se ha convertido, dentro de la Iglesia, en el punto físico que atrae un odio irracional pero no desconocido, porque Jesús ya nos habló de él en el Evangelio. No sé si con algo de ironía, en la Audiencia del pasado miércoles nos dejaba ver cómo quiere ejercer su propio ministerio en este momento de miedos, reacciones viscerales y zozobras varias. Lo hizo mirándose en el espejo de uno de sus maestros más queridos, San Buenaventura: “para san Buenaventura, gobernar no era sencillamente un hacer, sino que era sobre todo pensar y rezar… su contacto íntimo con Cristo acompañó siempre su trabajo de Ministro General y por ello compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el ánimo de su gobierno y manifiestan la intención de…  gobernar no sólo mediante mandatos y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando a Cristo”. En medio de la tormenta, ésa es la humilde y firme decisión de Benedicto VI. 

Anuncios

Un comentario en “Su luz brilla en medio del lodo

  1. Me fue dirigida la palabra del Señor diciendo: Hijo de hombre, profetiza sobre los pastores de Israel y di a los pastores de Israel (Ez 34,1). Acabamos de escuchar este texto de boca del lector. Me he propuesto decir algo a vuestra santidad sobre él. El Señor me ayudará a decir la verdad, si no hablo cosas sacadas de mi propia cosecha. Si hablara de lo mío, sería un pastor que se apacienta a si mismo, y no a las ovejas. Si, por el contrario, lo que voy a decir es de él, es él quien os alimenta, hable quien hable. Esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí mismos! ¿No son ovejas lo que apacientan los pastores? Es decir, los pastores no se apacientan a sí mismos, sino a las ovejas. Éste es el primer motivo por el que se censura a los pastores: se apacientan a si mismos, no a las ovejas. ¿Quiénes son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el Apóstol: Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo (Flp 2,21). Nosotros, a quienes el Señor nos puso, porque así él lo quiso, no por nuestros méritos, en este puesto del que hemos de dar cuenta estrechísima, tenemos que distinguir dos cosas: que somos cristianos y que somos pastores vuestros. El ser cristianos es en beneficio nuestro; el ser pastores, en el vuestro. En el hecho de ser cristianos, la atención ha de recaer en nuestra propia utilidad; en el hecho de ser pastores, no hemos de pensar sino en la vuestra. Son muchos los que siendo cristianos, sin ser pastores, llegan hasta Dios, quizá caminando por un camino más fácil y de forma más rápida, en cuanto que llevan una carga menor. Nosotros, por el contrario, dejando de lado el hecho de ser cristianos, y, según ello hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, somos también pastores, y según esto debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio. Si os digo esto es para que, compadeciéndoos de nosotros, oréis por nosotros. Llegará el día en que todo sea sometido a juicio. Día que, aunque para el mundo esté lejano todavía, para cada hombre es el último de su vida. Dios quiso mantener oculto uno y otro: cuándo ha de llegar el fin del mundo y cuándo ha de ser el final de esta vida para cada uno de los hombres. ¿Quieres no temer ese día oculto? Cuídate de estar preparado para cuando llegue. Puesto que los pastores están puestos para cuidar de aquellos a cuyo frente están, en el hecho de presidir no deben buscar su propia utilidad, sino la de aquellos a quienes sirven; todo el que es pastor y se goza de serlo, busca su propio honor y mira solamente sus comodidades, se apacienta a sí mismo, no a las ovejas. A éstos se dirige la palabra del Señor. Escuchad vosotros como ovejas de Dios y considerad cómo Dios os constituyó en seguridad: cualesquiera que sean quienes os presidan, es decir, seamos nosotros quienes seamos, el que apacienta a Israel os dio seguridades. Pues, si Dios no abandona a sus ovejas, los malos pastores expiarán las penas merecidas y las ovejas recibirán las promesas. No recogisteis la que estaba descarriada. Ved cómo nos encontramos en peligro en medio de los herejes. No recogisteis la que estaba descarriada; no buscasteis a la que se había perdido (Ez 34,4). A causa de ellos nos hallamos siempre en manos de ladrones y dientes de lobos enfurecidos; os rogamos que oréis por estos nuestros peligros. También hay ovejas contumaces. Cuando se las busca, estando descarriadas en su error y en su perdición, dicen que nada tienen que ver con nosotros. «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?». Como si la causa por la que nos preocuparnos de ellas y por la que las buscamos no fuera que se hallan en el error y se pierden. «Si me hallo, -dices- en el error, si estoy perdido, ¿para qué me quieres? ¿Por qué me buscas?». Porque estás en el error, quiero volver a llamarte; porque te has perdido, y quiero hallarte. «Así -me dice- quiero errar; de este modo quiero perderme». ¿Quieres errar así y así perderte? ¡Con cuánto mayor motivo quiero evitarlo yo! Me atrevo a decirlo, aunque sea importuno. Escucho al apóstol que dice: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). ¿A quiénes a tiempo? ¿A quiénes a destiempo? A tiempo a los que quieren, a destiempo a los que no quieren. Es cierto que soy inoportuno, pero me atrevo a decir: « Tú quieres errar, tú quieres perderte; pero no quiero yo. En última instancia no quiere aquel que me atemoriza. Si yo lo quisiera, mira lo que me dice, mira cómo me increpa: No recondujisteis a la que estaba descarriada ni buscasteis a la que se había perdido. ¿Tengo que temerte a ti más que a él? Es preciso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo (2 Cor 5,10). No te tengo miedo a ti. No puedes derribar el tribunal de Cristo y constituir el de Donato. Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas. San Agustin de Hipona – Sermón 46, 2. 14

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s