Un momento


3713148822_2b20c39d5f.jpgRecuerda para tus adentros las palabras de Isaac el Sirio, del siglo  VII:

“Cuando estas palabras se hacen carne de tu carne, sangre de tu sangre, mente de tu mente, te aseguro que no vas a la desbandada en tu vida interior”.

Borra de tu vida la idea de un Dios justiciero y policía que pone multas por las faltas que cometes. Es un error muy extendido en muchos ambientes cristianos. Son personas que no se han formado y se han quedado en la transmisión de un Dios castigador.

Cuando uno descubre este asombro, se queda extrañado y, al mismo tiempo, fortalecido con una alegría que brota desde dentro. Aunque sea como sea, Dios me ama. Este pensamiento y esta realidad te impulsan a dejar lastre para que tu vida aparezca como oro. No quieres la ganga de los vicios.

Cuando incluso te asalten dudas acerca de Dios, piensa que él se te aparece tangible -no con toques de tu mano– sino por los efectos que produce en ti: percibes que tu alma se quema hasta el olvido de tus tontadas y naderías.

¿Quién te anima a que salgas deslumbrante con tus dones y cualidades al mundo de los otros? Es Dios, su fuerza, su acción bienhechora en tu vida interior. ¿Quién te dice que dejes tus sentimientos de inferioridad para aparecer ante ti mismo y ante los otros como una antorcha luminosa? Es Dios. ¿Quién te lanza a dejar  tus facilidades para entregarte a cosas que te realicen y que merezcan la pena? Es Dios. ¿Quién mete en tu interior el afán por sacar de ti mismo todas las cargas de profundidad de tu bondad? Es Dios.

Por eso, amigo, no me explico que -siendo creyente- tengas un tanto anuladas las capacidades que hay en ti. Quien se deja dominar por el amor de Dios, se mira poco a sí mismo. Tenlo en cuenta. Puede ser la medida de tu fe.

Soy como un pájaro que canta en un arbusto de espinas (Juan XXIII).

A veces el corazón humano está habitado por un miedo secreto de Dios. Nos decimos: ”¡Dios va a castigarme!”.  Alguien escribió compartiendo la existencia de los más pobres: “Después del ciclón los vecinos nos decían:¿Por qué tantas desgracias? ¿Tanto hemos pecado contra Dios?”

El Evangelio nos dice con claridad: Cristo Jesús no ha venido al mundo para juzgarlo sino para que, por el Resucitado, toda criatura humana se salve, reconciliada: Dios no suscita ni el miedo, ni la angustia, ni la desgracia humana. Dios no quiere las guerras, ni los seísmos, ni la violencia de los accidentes. Dios es inocente. Cristo nos incita a tomar responsabilidades que reduzcan el sufrimiento humano sobre la tierra.

Recuerda:

1.- Una de las mayores pruebas de mediocridad estriba en no saber reconocer la superioridad de los demás (Jean Baptiste Say).

2.- Los complejos de inferioridad serían estupendos si los tuvieran las personas adecuadas (no sé de quién es pero es sugerente).

¿Te sientes acomplejado por no lograr tu altura cristiana?

¿Tienes ya, por fin, una idea  de Dios mejor que antes?

¿Notas su presencia benéfica en tu vida?

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