Enfréntate a tu propia historia


Lo primero que hay que hacer es enfrentarse con la propia historia.  No hay fundamento seguro para un proceso espiritual más que en la aceptación reconciliada del propio pasado. No siempre es fácil; casi se puede decir que siempre cuesta. Y, al menos algunas veces, que resulta difícil.
Porque toda persona tiene capítulos oscuros en su vida. O hechos que ha procurado olvidar. O acontecimientos que le ha costado un triunfo relegar al subconsciente. Todo porque no llega a aceptar lo que ocurrió o cómo sucedió en su vida. Su imagen queda rota. Y no lo puede soportar.

Estos “quistes” psicológicos y espirituales son tan malos o peores que los biológicos. Pueden producir  semilla de muerte. Están
al inicio de muchos desquiciamientos espirituales, y a veces aun humanos. Por lo tanto, el único modo de entrar como se debe en el proceso espiritual es acercándose a la propia historia, considerándola como lugar de la historia de Dios, aceptarla con corazón sencillo, reconciliarse con todo lo ocurrido, no renegar de nada puesto que uno no quiere ni puede negar nada de sí mismo.

La única manera de encontrarse a sí mismo es no renegar de sí mismo.

Llegar a percibir que la historia personal es el lugar de las maravillas que Dios ha hecho con uno.

¿Hay algo en tu vida que no lo has personalizado? ¿Cómo saberlo?

 Responde: ¿Preferirías que algo no hubiera existido? ¿Romperías feliz algunas páginas del libro de tu vida? ¿Por qué? ¿No ves en ellas la mano de Dios? Pero, ¿es posible aceptarlo todo? ¿Es posible personalizar aún lo negativo? ¿No es algo que supera al hombre? Sí, es posible. Lo importante no son los porqués de lo ocurrido, sino dar sentido a todo. Ahora es posible hacer
lo que no se hizo en otro tiempo: revivir todo, pero dentro de otro horizonte de sentido. Es posible vivenciar el pasado, dándole un nuevo sentido. Entonces no hay por qué negarlo. Si lo niego, me niego a mí mismo. Si lo revivo dentro de otro horizonte de sentido, lo asumo, me reconcilio y crece de verdad la persona.

 Entonces uno puede dar gracias a Dios por todo. Se centra en lo bueno y lo malo. Todo es historia santa de Dios, en la que siempre el bien tiene la victoria.  Con lo cual, una vez ocurrido, ni siquiera deseo que no ocurriera, porque ahí y en eso he comprendido el corazón de Dios. Por eso mi historia no es maldita, está llevada por un designio de amor. ¿Que no concuerda con nuestras ideas…?, pero, ¿por qué ha de concordar con ellas? Hay una ley psicológica que es preciso descubrir vivencialmente:

donde te parece tener una desventaja tienes que percibir también una ventaja; todo depende de la lectura que hagas. ¿Ha muerto tu madre?
De acuerdo, la desventaja. Pero, ¿por qué crees que esta tan unida la familia?
Es la ventaja. Y así en todo.

Desde ese subsuelo se entiende que Dios hace grandes obras con personas que se tienen por pobres y de poco valor. Y este “tenerse”  no es una especie de pirueta en el vacío; es que Él, Dios, ha conducido a esa experiencia. Por eso el camino de Dios en la historia de cada uno ha de ser leído no con nuestras categorías, las del orden religioso-moral, de seguridad, de buenas obras, sino con las suyas, las de Dios: llevar a cada uno a la aceptación sosegada de la vida como catapulta de lo que hará y será en el
futuro.

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