Contra el desánimo vocacional


¿

Cuál es el estado de ánimo de nuestros animadores vocacionales? ¿Qué transmiten sus rostros? En nuestra Congregación hay de todo. La esperanza no escasea y por eso hay quienes que no desmayan en suscitar y acompañar las vocaciones. Sin embargo, se percibe en algunos un incurable desaliento que les lleva a la dejación y al abandono. Cuesta confortarles cuando los fracasos se repiten en su calendario. ¿Qué podemos decirle a quien pide el relevo por sentirse incapaz y desanimado? 

V

ayamos por partes. En efecto, a nadie se le esconde que enfrentar la escasez vocacional no es tarea sencilla ni fácil. Sobre todo en algunos contextos. En unos provoca pesimismo y en otros lo contrario. Pesimista es quien no espera nada bueno del futuro, quien ve en todo dato bueno la sombra de la precariedad, el que sospecha de las buenas intencio­nes, el que se avergüenza en cierta manera de tener esperanza. Estos son los rasgos generales del pe­simismo, pero también los más superficiales. Lo que diferencia al pesi­mista del optimista es su manera de enfrentarse con la adversidad. El optimista no se limita a quejar­se, no acepta resignadamente la si­tuación, considera que su acción puede cambiar de alguna manera el futuro. Su lema es «No te lamen­tes, actúa». En cambio, el del pesi­mista es «No actúes, laméntate».

E

l pesimismo es la ma­nifestación consciente de una falta de fe-confianza en Dios y de su consecuente energía movilizadora. Es la glorificación de la pasividad. En su origen en­contramos a veces un estéril convencimiento de que no se puede hacer nada. Pero ese no es un dato objetivo. Basta con abrir los ojos para comprobar que siguen naciendo vocaciones para la Congregación y para la Iglesia, a pesar de todo.

P

ero, ¡qué difícil es erradicar el derrotismo! ¿Cómo superar el suave pesimismo de quien cree que la Congregación ha perdido su capacidad de ser fecunda? Si no queremos contribuir al círculo vicioso del decaimiento vocacional, esa pregunta sólo puede hacerse en primera persona. ¿Qué puedo ha­cer yo –si es que estoy ahí- para salir de ese decaimiento?

  1. En primer lugar, impedir que se extiendan los mensajes pesi­mistas. Disfrutan de un prestigio intelectual que no merecen. Nuestra Congregación -desde sus misiones más difíciles a las de más proyección – han sido obra de claretianos optimistas, con ideales, que se pusieron manos a la obra en vez de refugiarse en excusas y miedos.
  2. En segundo lugar, fomentar una mentalidad de autoestima y de autosuperación. Tenemos una hermosa historia que contar. Y nuestro futuro puede ser más grande que el pasado. Hemos de apoyar y premiar a todos los que se esfuerzan en vivir con alegría y tesón su vocación y la contagian a otros. Ellos son el ejemplo a imitar.
  3. En tercer lugar, enfrentarse activamente a las dificulta­des. No centrar la atención en el malestar, sino en los pro­blemas. No seguir el ejemplo de aquellos que cuando tienen un problema beben, porque prefie­ren reducir el malestar a enfren­tarse con la situación.
E

n este momento me encuentro enrolado en la tarea de crear equipos locales de animación vocacional. Pretenden fomentar en cada comunidad y en cada claretiano actitudes activas que generen sencillísimos proyectos creadores de cultura vocacional. Ojalá supiera cómo hacerlo mejor. Yo soy uno más de los que no quieren desanimarse.

Juan  Carlos cmf

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