Proyecto de vida


CARTA DE ANIMADORES
CLARETIANOS. Marzo 2012

Cuando se ayuda a alguien a organizar su vida en clave vocacional, llega un momento en el que se debe plantear al sujeto que elabore su proyecto de vida, incluso poniéndolo por escrito. Todo animador vocacional debe saber previamente en qué consiste un proyecto de vida y cómo ofrecerlo y acompañarlo.
Pero, ¿qué es un proyecto de vida? Es la operación que una persona hace con su vida para llevarla hacia delante. Y es vocacional cuando se construye como respuesta a una llamada personal de Dios. Todo proyecto vocacional es la suma de cuatro factores: la propia realidad personal + las circunstancias personales y sociales en que se vive + la luz del ideal vocacional + el esfuerzo constante para seguirla. Si falla cualquiera de estos cuatro factores, ese proyecto vocacional de vida será incompleto.
Por eso, en primer lugar, la vocación es algo que se realiza siendo lo que se es y tal como se es. Nadie la vive en la piel de su prójimo. Sólo se puede organizar la vida «desde» sí mismo, asumiendo cordialmente lo que somos, listos o tontos, gordos o flacos, valientes o cobardes. Esa es la tierra desde la que hay que construir. No desde los sueños. Una vocación soñada es eso: un sueño.
El segundo factor son las circunstancias: hay que plantearse y vivir la vocación dentro de las propias posibilidades y limitaciones, además del perímetro del contexto y de las condiciones que le rodean; desde la educación recibida y de la que se puede recibir; desde las circunstancias religiosas, económicas y sociales. Esas circunstancias nunca serán ni las idealmente mejores ni las peores imaginables. Pero cada cual debe rentabilizar al máximo sus posibilidades reales, no las que imaginariamente crea tener.
Luego está -fundamentalísimo- el ideal vocacional por el que libremente se ha apostado. Ese ideal se va desvelando en el encuentro con Dios. Ahí es donde se experimenta cómo Dios “revela” un apasionante ideal de vida y misión. Se vive vocacionalmente en la medida en que se está «al servicio» de ese ideal. El ideal vocacional actúa como acicate para ir a más, en esa búsqueda incesante por alcanzar una mayor altura y madurez en la vida. A veces parecerá que encadena, pero que de suyo multiplica y plenifica la vida. La vocación sólo es fuente de alegría, cuando se vive apasionadamente.
Y finalmente está el esfuerzo de cada día. Porque la vocación no llega acabada del todo, se construye. Le hacen falta no sólo planos y materiales de construcción, sino sobre todo trabajo. Tal esfuerzo requiere el concurso de buenas dosis de estos tres elementos: orden constancia y disciplina. La vocación viene de fuera, pero se realiza desde dentro. No sólo tiene por precio la responsabilidad, sino también la incomprensión y, por ende, la soledad. Nada odia tanto el mundo como una persona decidida a seguir su ideal. Su sola existencia es una acusación contra el borreguismo colectivo. Y pronto le bautizarán de «rara» si no se resigna a sepultarse en alguno de los cajones que le ofrecen o si se resiste a que le pongan alguna de las etiquetas que están en ella. Pero esa soledad que se asume como un precio necesario para ser lo que se es se convierte en el mayor de los premios.
Juan Carlos cmf

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