La Profecía de la vida cotidiana


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De  Gonzalo Fernández,cmf.

Pentecostés marca el final del tiempo pascual y la vuelta al tiempo ordinario. El capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles narra la experiencia de la efusión del Espíritu y el largo discurso de Pedro. Son hechos “especiales”. Pero se concluye con un “sumario” que trata de resumir el ritmo de la vida cotidiana: “Los que habían sido bautizados perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Escribo en Roma. Desde hace días se suceden los noticias sobre el Vaticano. A la destitución de Gotti Tedeschi, presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el 24 de mayo, le sucedió la detención de Paolo Gabriele, mayordomo del papa Benedicto XVI, en la tarde de ese mismo día.

Como señala un importante periódico, Paolo Gabriele “está acusado de ser el cuervo o traidor que en los últimos meses ha venido sustrayendo y difundiendo en los medios de comunicación italianos las cartas secretas dirigidas al Pontífice, una filtración masiva de documentos conocida como Vaticanleaks“.

En este ambiente tan enrarecido, no me extraña que en su homilía de Pentecostés el papa haya dicho lo siguiente: “No nos damos cuenta de que estamos volviendo a vivir la misma experiencia de Babel. Es verdad que hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener acceso a la información, de transmitir noticias, pero, ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de entendernos o quizá, por paradójico que resulte, nos entendemos cada vez menos? ¿No parece abrirse camino entre los hombres un sentimiento de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta el punto de que podemos llegar a ser peligrosos los unos para los otros?”.

Cuando entre nosotros predominan las rivalidades, los celos, las envidias, la desconfianza … es evidente que estamos dominados por la “carne” y no por “el Espíritu”, por Babel y no por Pentecostés. Los foros de internet arden con comentarios hipercríticos sobre las luchas intestinas en el Vaticano y, de rebote, sobre el poder en la Iglesia.

Viviendo en esta ciudad, creyente y escéptica a un tiempo, testigo de tantas vicisitudes históricas, es difícil sustraerse a este ambiente de recelo que parece contradecir el espíritu de Pentecostés. Faltan estímulos para volver al tiempo ordinario con serenidad, para dejarse llevar por el Espíritu. Y, sin embargo, mientras unas cuantas personas –no importa que sean varios cientos o miles– se dejan dominar por el “síndrome de Babel”, hay millones de hombres y mujeres que ponen en práctica el sumario de los Hechos de los Apóstoles, que viven con sencillez la “profecía de la vida ordinaria”. Fue el Capítulo General de 1997 el que usó esta expresión que se ha hecho ya familiar: “La profecía de la vida ordinaria, frecuente entre nosotros, es la que hace posible la gran profecía de los momentos extraordinarios. Se muestra en la oración, como expresión de amistad con Dios; en la búsqueda incesante de su voluntad; en las relaciones en las que prima la ternura, la alegría vital, la compasión, la fe en el otro, el servicio” (En Misión Profética, n. 24). Parecen palabras-antídoto contra el veneno que estamos respirando.

¿Qué hace el Espíritu Santo para guiar la Iglesia hacia “la verdad completa”? Entre otras cosas, sostener la vida de millones de personas que, contra viento y marea, animadas o escandalizadas por sus pastores, intentan vivir “la profecía de la vida ordinaria”. A esto nos invita el tiempo litúrgico que reiniciamos tras los tiempos fuertes de la Cuaresma y de la Pascua. Se necesita una enorme corriente de aire puro, aunque sea de baja intensidad, para purificar la contaminación que padecemos.

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