Las preguntas de la crisis


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Por Gonzalo Fernández,cmf.

El término chino para la palabra “crisis” consta de dos ideogramas: uno significa dificultad; el otro, oportunidad. La sabiduría china refleja que las épocas de crisis son también tiempos adecuados en los que se encierran las oportunidades y las promesas de nuevas y más amplias posibilidades. Tras años quejándonos de “la crisis” (así, con artículo determinado), quizá ha llegado el momento de cambiar la perspectiva. Menos lamentaciones y más capacidad de cambio. El pasado 1 de junio, en el “Teatro alla Scala” de Milán, Benedicto XVI, al final de la audición de la Novena Sinfonía de Beethoven, dirigida por el maestro Barenboim, recordó las primeras palabras con las que el barítono comienza su actuación en el cuarto movimiento después de algunas disonancias orquestales: “O Freunde, nicht diese Töne!” (Oh, amigos, no estos tonos”).

Quizá hoy podríamos decir lo mismo: “Ya está bien de lamentos, de tonos tristes. Necesitamos una oda a la alegría, un canto a la creatividad”. En época de crisis podemos hacernos preguntas que permanecen latentes en tiempos de bonanza. Son esas preguntas las que nos empujan a buscar nuevos caminos y a trabajar por una nueva armonía. He aquí algunas:

• ¿No sería conveniente regular las transacciones económicas para que la economía se ajustara lo más posible a la producción real de bienes y servicios y no tanto a las especulaciones financieras?

• ¿No es conveniente siempre vivir un peldaño por debajo de nuestras posibilidades (individuales y colectivas), de manera que no nos embarquemos en un estilo de vida ficticio, a base de créditos que no sabemos si podremos pagar?

• ¿No hay que colocar entre los valores educativos y los hábitos sociales el trabajo bien hecho, la moderación, el aprecio de las cosas sencillas?

• ¿No tendremos que caminar resueltamente hacia un estilo de vida menos consumista, basado en el cuidado de la tierra y en la satisfacción moderada de nuestras necesidades?

• ¿No habrá llegado el momento de abandonar la “obsolescencia programada” de los objetos para volver a productos de larga duración?

• ¿No nos abre la crisis económica a nuevas formas de ayuda solidaria, de compartición de servicios; en definitiva, a una superación del individualismo burgués que se estaba convirtiendo en nuestra cárcel?

• ¿No estaremos llamados a superar, por una parte, la frívola “sociedad del entretenimiento” pero, por otra, a recuperar el sentido de la “fiesta colectiva”, secuestrado por un activismo envenenado?

• ¿No habrá que valorar mucho más los oficios artesanales y técnicos y no tanto las disciplinas universitarias?

• ¿No será preciso cultivar nuevas formas de ahorro que permitan afrontar con serenidad los períodos críticos?

• ¿No habrá que crear nuevas instituciones de gobernanza mundial que respondan a la globalización que hoy vivimos y que no sean residuos de la guerra fría?

• ¿No habrá, al mismo tiempo, que potenciar las culturas locales para que que la globalización no se convierta en monopolio cultural?

Lo mismo podría decirse con respecto a la situación crítica que vive la Iglesia. Pueden ser síntomas de muerte o dolores de parto. La Fragua puede ayudarnos a vivir “estratégicamente” las crisis.

Hay cambios necesarios que nunca haríamos si no fuéramos fuertemente zarandeados por las crisis.

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