Fragua y Pastoral Vocacional


Por Juan Carlos Martos,cmf.

Carta vocacional del mes de julio 2012.

Colaboro en “La Fragua en la vida ordinaria” por convicción. Entiendo que el programa de Formación permanente que estamos desarrollando, con desigual fortuna, en la Congregación debe tener efectos directos en nuestra Pastoral Vocacional. Ambos dinamismos –Fragua y PV- no están desconectados ni son autónomos.

Si algo nos caracteriza a los claretianos de todas las latitudes, incluidas aquellas en las que no se sufre la escasez vocacional, es el innegable interés por las nuevas vocaciones. La pregunta más frecuente que solemos dirigir a los animadores vocacionales es la consabida: “Y para el año que viene, ¿cuántos novicios tendremos?”. En el fondo de esa pregunta existe una positiva preocupación por la Congregación y un sincero deseo de compartir la propia vocación con más personas para seguir anunciando el evangelio al estilo de Claret. Pero, como es natural, se da también una preocupación por la supervivencia: «¿Estaremos en las postrimerías de la Congregación en el contexto americano y europeo? ¿Qué pasará con nuestras obras?». No toda nuestra Pastoral Vocacional es honesta en sus motivaciones. Si la mueve el miedo o el agobio lo único que genera es rechazo y antipatías tanto a los “vocacionantes” como a los “vocacionados”. Solo si nace del gozo vocacional puede ser convincente, aunque no consiga muchos frutos.

Los claretianos por lo general no somos especialmente incisivos a la hora de proponer a otros este camino. La asignatura de la propuesta vocacional no está ni mucho menos superada. Pecamos más bien de inhibidos. Somos alérgicos a recibir negativas o indiferencias. Y argumentamos que debe ser nuestra vida misma, con toda su fuerza de credibilidad, el único y el mejor reclamo. Alguno lo dice de otra manera: «Sin comunidades “significativas” no hay futuro». Pero una y otra vez descubrimos que nuestra vida real es demasiado normal. Por eso, en nuestro subconsciente se esconde la convicción de que nuestra propuesta vocacional no tiene la garra suficiente para competir con otras propuestas. Le falta ardor y credibilidad. Y, como no estamos dispuestos a tomar decisiones radicales, optamos a menudo por el silencio, por el retraimiento o por una discreta propaganda.

Cuando nos paramos a hablar sobre estos temas, coincidimos en que la Pastoral Vocacional es indisociable de nuestro estilo de vida. Y si no nos atrevemos a llamar es porque necesitamos creer más profundamente en el don de Dios y experimentar que nos hace felices. En definitiva, hemos de superar la tentación de creer que la vida misionera es una “pobre cosa” en el supermercado de propuestas con que se topan los jóvenes de hoy. Pero, en un momento de sinceridad colectiva, tendríamos que reconocer, mayores y jóvenes, que una auténtica Pastoral Vocacional nos colocaría a todos contra las cuerdas de la autenticidad. Y esto es demasiado fuerte. Querríamos tener hijos por clonación o por encargo, sin pagar el precio de una gestación lenta, sin asumir los costes de una educación compleja, sin modificar lo más mínimo nuestros cómodos hábitos de vida.

Esta razón, con otras muchas, justifica el que, a medio y largo plazo, contar con un programa serio de Formación permanente, -como el nuestro de La Fragua-. Si es asumido con interés y constancia puede ser el único resorte que nos convierta en comunidad misionera más creíble y, por tanto, más vocacional

 

Juan Carlos cmf

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