Antonio María Claret y Juan de Ávila. Por Gonzalo Sanz, cmf


El domingo 7 de octubre, el papa Benedicto XVI ha declarado “doctores de la Iglesia” a san Juan de Ávila  y a santa Hildegarda de Bingen. Ambos han entrado a formar parte del grupo de 33 doctores de la Iglesia católica, entre los que se encuentran santos tan conocidos como san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín, san Gregorio Magno, santo Tomás de Aquino, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Avila o santa Catalina de Siena. No se puede entender la espiritualidad apostólica de nuestro Fundador sin el benéfico influjo de san Juan de Ávila, cuyas obras leyó con provecho. Claret, en su Autobiografía, llegó a escribir: “Su estilo es el que más se me ha adaptado y el que he conocido que más felices resultados daba” (n. 303).

San Juan de Ávila nació en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, España, el 6 de enero de 1500 o de 1499. Murió en Montilla, Córdoba, el 10 de mayo de 1569. Fue un sacerdote y escritor ascético español. En 1946 Pío XII lo declaró patrono del clero secular español.

Fue “maestro de maestros”: de santa Teresa, de san Juan de Ribera o de Fray Luis de Granada. Estaba en la línea del humanismo cristiano cultivada por Erasmo de Rotterdam y Luis Vives. Fue beatificado por León XIII en 1894 y canonizado por Pablo VI en 1970.

El P. Claret se sintió profundamente atraído e inspirado por la figura del entonces Venerable Juan de Ávila. Admiró en él su infatigable celo apostólico y su estilo de predicación. Vale la pena transcribir las referencias que a hace a este santo sacerdote en la Autobiografía, a pesar de algunas repeticiones:

228. Antes de concluir este capítulo quiero referir dos modelos de celo verdaderamente apostólico que me han movido mucho siempre. El uno es del V. P. José Diego de Cádiz y el otro es del V. P. Maestro Avila.

229. De la vida del V. Avila — Su equipaje consistía en un jumentillo, que a él y a sus compañeros les aliviaba a ratos y conducía los manteos, las alforias con una caja de hostias para celebrar la santa Misa en las ermitas, cilicios, rosarios, medallas, estampas, alambre y tenacillas o alicates para engarzar rosarios que labraba con sus manos. No llevaba cosa de comer, confiado en la divina Providencia. Raro era el día que comiese came; lo más frecuente era pan y fruta.

230. Los sermones que hacía duraban, las más veces, dos horas, y era tanta la afluencía y multitud de especies que se le proponían, que le era muy dificultoso ocupar menos tiempo. Predicaba con tanta claridad, que todos le entendían y nunca se cansaban de oirle… Ni de día ni de noche pensaba en otra cosa más que en extender la mayor gloria de Dios, reformación de costumbres y conversión de los pecadores. Para componer sus sermones no revolvía muchos libros ni decía muchos conceptos, ni esos que decía los enriquecía mucho de Escritura, ejemplos ni otras galas. Con una razón que decía y un grito que daba, abrasaba los corazones de los oyentes.

231. En tiempo que predicaba en Granada el P. Avila, predicaba también otro predicador, el más famoso de aquel tiempo, y, cuando salían del sermón de éste los oyentes, todos se hacían cruces espantados de tantas y tan lindas cosas, tan linda y grandemente dichas y tan provechosas; mas, cuando salían de oír al P. Maestro Avila, iban todos con las cabezas bajas, callando, sin decirse una palabra unos a otros, encogidos y compungidos a pura fuerza de la verdad, de la virtud y de la excelencía del predicador.

232. El principal fin a que se dirigía su predicación era sacar las almas del infeliz estado de la culpa, manifestando la fealdad del pecado, la indignación de Dios y el horrendo castigo que tiene preparado contra los pecadores impenitentes y el premio ofrecido a los verdaderamente contritos y arrepentidos, concediendo el Señor tanta eficacia a sus palabras, que dice el V. P. Fr. Luis de Granada: «Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no reparan en ofender a Dios Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Jeremias: Obstupescite coeli super hoc, y es verdad cierta que lo dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me pareció que hacía hasta temblar las paredes de la iglesia».

300. He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente las materias de Misiones. He leído San Juan Crisóstomo, San Ligorio, Siniscalqui, Barcia y el V. Juan de Avila. De éste he leído y he notado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas. Y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era muy dificultoso ocupar menos tiempo.

301. Ni de día ni de noche pensaba en otra cosa más que en extender la gloria de Dios con la reformación de las costumbres y conversión de los pecadores. Su principal fin a que dirigía su predicación era sacar las almas del infeliz estado de la culpa, manifestando la fealdad del pecado, la indignación de Dios y el horrendo castigo que tenía preparado contra los pecadores impenitentes, y el premio ofrecido a los verdaderos contritos y arrepentidos, concediéndole el Señor tanta eficacia a sus palabras, que dice el Venerable Luis de Granada: «Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que por un deleite bestial no reparan en ofender a Dios N. S., alegando para esto aquel lugar de Jeremías: Obstupescite, coeli, super hoc, y es verdad cierta que lo dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la Iglesia».

302. El tiempo en que predicaba en Granada el V. Avila, predicaba también otro predicador, el más famoso de aquel tiempo, y cuando salían las gentes del sermón de éste, todos iban haciéndose cruces de espanto de tantas y tan lindas cosas dichas con tanta elocuencia. Mas cuando salían de oír al V. Avila, iban todos con las cabezas bajas, callando, sin decirse una palabra unos a otros, encogidos y compungidos a pura fuerza de la verdad y de la virtud y excelencia del Predicador. Con una razón que decía y un grito que daba, conmovía y abrasaba los corazones y entrañas de los oyentes.

303. He querido traer aquí lo que decía ese V. Padre porque su estilo es el que más se me ha adaptado y el que he conocido que más felices resultados daba. ¡Gloria sea dada a Dios N. Sr., que me ha hecho conocer los escritos y obras de ese grande Maestro de predicadores y padre de buenos y celosísimos sacerdotes!

440. El mismo Espíritu Santo, apareciéndose en figura de lenguas de fuego sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, nos da a conocer bien claramente esta verdad: que el misionero apostólico ha de tener el corazón y la lengua de fuego de caridad. El V. Avila fue un día preguntado por un joven Sacerdote qué es lo que debía hacer para salir buen predicador, y le contestó muy oportunamente: amar mucho. Y la experiencia enseña y la historia eclesiástica refiere que los mejores y mayores predicadores han sido siempre los más fervorosos amantes.

Gonzalo Sanz, cmf.

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