Libres para elegir


Si hay algo que un animador vocacional debe procurar con el mayor esmero posible es enseñar a usar la propia libertad de forma lúcida y prudente. Se ha dicho de la libertad, la verdadera, que es el órgano más atrofiado tenemos las personas. Al estar poco entrenado, se desarrolla poco. Un animador vocacional es, entre otras cosas, un entrenador de la libertad.

Su misión más noble consiste en acompañar a otros en el largo proceso de maduración. Uno de sus momentos más decisivos es la toma de decisiones: Todo ser humano debe optar. Si no lo hace, está dejando que otros lo hagan por él. Se comienza con algunos pequeños escarceos en la adolescencia: los primeros cigarrillos, las salidas de fin de semana, el grupo de amigos, la forma de vestir, los primeros amores, las vacaciones,… esas y otras pequeñas decisiones –unas más acertadas, otras menos- indican que crece el territorio de la autonomía. Al comienzo parecen importantísimas; pero el tiempo mostrará que no lo eran tanto. Son “cosas de la edad”, es decir, “les pasa a todos; forman parte del desarrollo normal”. Por ser tan comunes no hacen diferentes, sino igualan y nivelan. Pero son fuente de la seguridad que se necesita en esos momentos. “Ser como todos” es muy importante al iniciar la aventura de la vida. Pero esa, es una libertad enana, o mejor, una imaginaria libertad.

Pero el tiempo no se detiene. Y las decisiones crecen en importancia; especialmente las que comprometen el futuro: estudios, profesión, pareja, dónde y cómo vivir,… Cuando aparecen, vienen envueltas como futuribles y bajo forma de persuasivas voces interiores: “de las Letras no se vive”; “en música sólo triunfan tres”; “prepara una buena oposición y ya está”; “si no se intenta ahora, ¿cuándo?”; “acaba la carrera y después haz lo que quieras”; “sólo se vive una vez”; “no dejes pasar tu oportunidad”; “cuando tenga trabajo entonces….” Esas insinuaciones introducen en el territorio resbaladizo del sentido de la vida: Porque, ¿qué es lo que de veras se busca? ¿Alcanzar tranquilidad? ¿Evitar riesgos? ¿Resolver el problema de la vida de una vez? ¿Contentar a los que están al lado o por encima? ¿Dar salida a las aspiraciones más profundas? En esos momentos son frecuentes los agobios, las prisas, las dudas,… Lo peor de todo es no contar con alguien en quién apoyarse ni saber de quién fiarse al proyectar la única vida de que se dispone.

Es entonces cuando el animador vocacional, si ama y quiere ayudar al joven, debe ser muy claro. La vida no es una quiniela. Es respuesta a las llamadas que se perciben desde fuera y desde lo más hondo de sí mismo. Bajo todas ellas late el eco de la misteriosa llamada personal de Dios. Educar la libertad del joven es ayudarle a escuchar bien. No es que el animador pueda demostrarle que le llama Dios; lo único que hace es darle nombre al Dios que le está llamando. La libertad nace de la escucha. Porque escuchar –etimológicamente- es obedecer. No se es libre para ser libre, se es libre para hacer algo. La libertad no es un fin, es un medio. Y los medios no resuelven los problemas. Preparan el camino para resolverlos, pero no los resuelven. Sobre el solar de la libertad hay que construir algo. El proyecto lo sugiere el Creador y Hacedor de todo.

Juan Carlos cmf

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