Sí, el momento es difícil.


benePor Gonzalo Fernández, cmf.

Ayer celebré con los cristianos de Narbonne, en el marco de una Eucaristía muy bien preparada, el comienzo de la Cuaresma. Este año ha coincidido casi con el anuncio de la renuncia de Benedicto XVI al ejercicio del ministerio petrino. A partir de ese momento, todo ha entrado en debate, comenzando por la naturaleza misma de su decisión: ¿Se trata de una renuncia, de una dimisión, de una abdicación? La opinión pública, después de la sorpresa inicial, parece haber acogido favorablemente la decisión papal.

Pero, como es obvio, hay interpretaciones para todos los gustos dentro de esta complexio oppositorum que caracteriza la vida de la Iglesia. Algunos oponen la actitud “racional” de Benedicto XVI a la “martirial” de Juan Pablo II, que asumió su enfermedad y “no se bajó de la cruz”. Otros, por el contrario, alaban la “desacralización” de un cargo que, en la práctica, había sido casi siempre vitalicio. Y auguran numerosas consecuencias para el futuro.

Millones de cristianos agradecen a Benedicto XVI sus casi ocho años de plena dedicación a la Iglesia. El P. General lo ha hecho en nombre de toda la Congregación a través de un breve mensaje. Pero quizá lo que más tinta ha hecho correr hasta ahora es la clarificación de las razones que han movido a Benedicto XVI a una decisión tan insólita y grave. Aquí el abanico es enorme: sus problemas de salud, la corrupción de la Curia, los escándalos de los últimos años (especialmente el llamado “Vatileaks”), las amenazas de asesinato, etc.

Es imposible saber lo que sucede en el corazón de una persona. Me sorprende la facilidad con que periodistas y opinadores se atreven a pontificar sobre lo sucedido. ¡Qué sabemos nosotros! Antes de aventurarnos en el mar de las interpretaciones, ¿por qué no escuchar con atención las palabras mismas con las que Benedicto XVI ha explicado su decisión? Dejemos que él hable. Corren por la red traducciones a muchas lenguas, pero es importante acercarnos al original latino y estudiarlo con calma para intentar responder algunas preguntas.

Acerca de las razones que le empujaron a tomar la decisión, lo que el Papa dijo fue: “vires meas ingravescente aetate non iam aptas esse ad munus Petrinum aeque administrandum“. Una traducción literal podría ser ésta: “mis fuerzas por el peso de la edad ya no son aptas para ejercer el oficio de Pedro”. No se trata, por tanto, de que esté gravemente enfermo o de que no quiera “aceptar la cruz”. Reconoce que de los requisitos necesarios para desempeñar bien el ministerio petrino (en su alocución se mencionan seis: obrar, hablar, sufrir, orar, fuerza corporal y fuerza anímica) carece de los dos últimos, pero no de los cuatro primeros. Después de un largo discernimiento, ha considerado que la falta de “fuerza corporal y anímica” (“vigor quidam corporis et animae”) le impide seguir. Si no resulta demasiado esnobista, podríamos decir que éste es un planteamiento “moderno”: la situación del sujeto y el ejercicio de su función se anteponen al “esse” del objeto. Pero quizá esta línea nos lleva demasiado lejos en estos momentos. Lo que importa es resaltar lo fundamental: el Papa se siente sin la fuerza (“vigor”) necesaria para desempeñar su ministerio, aunque podría seguir ejerciéndolo de otra manera menos activa.

Aquí es donde entra la importancia del contexto. La fuerza está en relación directa con la envergadura de las situaciones que hay que afrontar. Para el Papa –éste es el pasaje de su discurso que me deja perplejo y muy preocupado– las situaciones son extremadamente graves: “in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto et quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato” (“en nuestro mundo sometido a rápidas mutaciones de los tiempos y perturbado por cuestiones de enorme gravedad para la vida de la fe”). Varias traducciones han omitido la palabra “temporis”. Lo que resulta misterioso es la frase en la que Benedicto XVI afirma que nuestro mundo está “perturbado por cuestiones de enorme gravedad para la vida de la fe” (“quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato“). ¿Cuáles son estas cuestiones de enorme gravedad que ponen en peligro la fe? Esta es la verdadera cuestión, porque no afecta solo al ejercicio del ministerio petrino sino a la existencia misma de la Iglesia y, en consecuencia, a la vocación de cada uno de nosotros. El Papa no las menciona. Algunos apocalípticos han encontrado aquí un amplio cauce para sus conjeturas.

Todo esto está sucediendo al comienzo de la Cuaresma, un tiempo para avanzar espiritualmente por la paradójica vía del decrecimiento. ¿Y si la decisión del Papa nos obligara no solo a replantear a fondo el ejercicio del ministerio petrino sino también la manera como estamos viviendo la fe? ¿Y si tuviéramos que caminar desde una concepción monárquica, que deja al Papa aislado en una suprema y dorada soledad, a una concepción más sinodal? En otras palabras: ¿No ha llegado la hora de tomar realmente en serio la naturaleza de la Iglesia como Pueblo de Dios? Me duele que los mismos que critican al Papa “absolutista” se desentiendan por completo de sus compromisos bautismales y todo lo reduzcan a los cuatro tópicos de siempre. Sí, puede que haya llegado la hora de replantear el ministerio petrino … sencillamente porque ha llegado la hora de vivir a fondo la fe personal y la pertenencia eclesial.

La explicación del Papa no elimina la importancia de otras causas coadyuvantes, entre las que quiero destacar el ambiente enrarecido en algunos sectores de la curia romana y la necesidad, la urgencia, de terminar con la “cultura carrerista” que impera. C’è ancora molto da fare!

Cuando me he asomado a algunos foros de internet o a las redes sociales que tratan cuestiones relacionadas con el Papa me he asombrado de la vulgaridad con la que muchos se ceban con su figura. ¿Por qué este ensañamiento cruel? Reconozco la sensatez de algunas críticas, la validez de muchas propuestas de cambio, pero ese plus de agresividad solo es comprensible como actuación diabólica. El Papa, éste o cualquier otro, simboliza una manera de entender la vida que choca frontalmente con quienes no reconocen más referencia que su propio yo a la hora de abordar el sentido de la vida, cuestiones morales debatidas, etc.

No imaginábamos que Dios nos iba a regalar este año una Cuaresma tan desafiante. Ya no es posible vivirla con el letargo de otras veces. La decisión del Papa nos obliga a replantearnos muchas cosas que van mucho más allá del ejercicio del ministerio petrino: ¿Quiénes somos los cristianos? ¿Cómo debemos vivir la fe (estamos en el Año de la Fe)? ¿Qué tenemos que cambiar? ¡Puro camino cuaresmal!

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