¿Qué quieres de nosotros, Señor?


173114Escribo en Roma, pocas horas antes de que se pronuncie el “extra omnes” y comiencen las  votaciones del cónclave para la elección del nuevo papa.  El ambiente externo no es comparable al vivido en abril de 2005, tras la muerte de Juan Pablo II. Ahora todo parece más sobrio y  contenido. La atención ha saltado del espacio físico de la plaza de San Pedro, hoy bajo una monótona lluvia romana, al espacio virtual de las redes sociales y de internet. En las últimas semanas ha habido análisis, comentarios, críticas, apuestas, sueños y desahogos de todo tipo. Ante tal avalancha, es saludable permanecer un tiempo en silencio y dejar que las aguas se remansen para ver con más claridad lo que está sucediendo.

En el mundo virtual abundan las reflexiones del tipo “el papa que a mí me gustaría” para la Iglesia de este tiempo. Son reflexiones típicamente modernas, en las que el “yo” adquiere protagonismo: lo que a mí me gustaría, lo que yo pienso, lo que yo critico, etc. No podemos sustraernos a esta perspectiva antropocéntrica, que es sana, pero un poco adolescente. Es nuestro tiempo.

Sin embargo, la cuestión más profunda no se refiere a lo que cada uno pensamos, ni tampoco a la figura singular del Papa. La cuestión es: ¿Qué quiere el Señor de nosotros? La renuncia de Benedicto XVI y la elección del nuevo Papa, ¿son acontecimientos humanos sin más trascendencia que la sucesión de responsabilidades o constituyen, más bien, signos de la gramática de Dios? Si así fuera, no se trata de concentrarnos tanto sobre el Papa que cada uno de nosotros deseamos sino sobre el tipo de respuesta que nosotros, como cristianos, debemos ofrecer. El resto de las cuestiones, aun siendo importantes, no deberían focalizar nuestra atención. Y mucho menos el asunto de si hay dos estufas o una sola para producir las famosas “fumate” o de si los sastres pontificios han preparado vestiduras papales de tres tallas para el elegido.

Cuando muchos hablan de la necesidad de proceder cuanto antes a ordenar hombres casados, abrir el ministerio ordenado a la mujer, cambiar aspectos de la moral sexual, etc. para acercar la Iglesia a la gente, tal vez olvidan que casi todos estos cambios han sido realizados ya por varias iglesias protestantes sin que esto haya significado un avance en la evangelización. Cualquier reforma, por imperiosa que parezca, no garantiza nada sin sujetos transformados. Aquí se produce un benéfico enriquecimiento entre Oriente y Occidente. La llamada del Oriente es

clara: necesitamos cristianos “iluminados”; es decir, convertidos, con una experiencia personal de encuentro con Jesucristo. Las propuestas, a veces gritos, de Occidente apuntan a otro horizonte: la Iglesia necesita recuperar su credibilidad renovando la curia romana, abandonando el boato multisecular, haciendo una inequívoca opción por los pobres, intensificando la colegialidad, etc.

Ambas perspectivas pueden quedar reducidas a meros eslóganes vacíos, políticamente correctos, pero ineficaces. Pero ambas pueden converger en una nueva etapa de renovación de esta comunidad de Jesús que, por muchos ropajes seculares que la cubran, siempre es una experiencia “nueva”. La Iglesia está naciendo continuamente cuando un hombre o una mujer se arriesgan a creer en Jesús y quedan vinculados, por la fuerza del Espíritu, con todos los que comparten esta misma fe. La Iglesia no es un fenómeno asociativo externo (“Yo me apunto este club”), sino un misterio de comunión. Ojalá se refuerce esta experiencia durante los próximos días. Los frutos aparecerán en su momento. Solo hay frutos donde hay raíces. Lo demás es un voluntarismo llamado al fracaso, aunque ocupe titulares en los medios de comunicación y colapse los foros de internet.

Gonzalo Fernández, cmf

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