Factoría de misioneros


imgs_459La mayoría de los seminaristas hacen sus votos perpetuos de pobreza y castidad tras finalizar la carrera de Teología en Cartuja
07.05.12 – 01:00 –

En Haslere, la capital de Zimbabwe, un grupo de personas se dedica a la construcción de pozos de agua potable y a la educación de los jóvenes en la prevención del sida. Mientras, a más de 8.000 kilómetros de distancia, en Humahuaca (Argentina), otro grupo cuida y da de comer a unos huérfanos. Todos ellos ofrecen su vida para ayudar a los demás. Todos ellos son misioneros claretianos. Granada ha formado parte de la vida de muchos de estos religiosos que recorren el mundo de misión en misión. La zona norte de la ciudad acoge el Teologado Claretiano, en el que se forman todos los jóvenes misioneros de la provincia Bética, (Andalucía, Extremadura y Canarias).
Esta orden llegó a la provincia en la década de los cuarenta para ocuparse de la parroquia de San Cecilio. La difícil situación de aquellos años de posguerra impuso un notable esfuerzo espiritual, moral y material para sus miembros: «Se hizo una labor social importante con la gente de los barrancos de Bermejo y del Abogado. Entre otras cosas, se hizo un dispensario médico a base de voluntarios», apunta el superior de la comunidad y profesor de Teología, José María Hernández. Dos décadas después, en la época de las inundaciones, la congregación se trasladó al barrio de la Paz para cubrir las necesidades de los que se quedaron sin techo.
Desde entonces, este centro ha formado misioneros destinados a muy diversos países y actualmente es el seminario de Europa, aunque a él acuden jóvenes de todas partes del globo. Este año cuentan con un estudiante guineano, Estanislao Nsogo, y el próximo se sumarán a la comunidad un chino y un ruso, entre otros novicios. Y es que, «aunque haya crisis vocacional y la demanda de misioneros supere a los que quieren serlo», admite el teólogo, la hermandad sigue adelante.
Proceso
Pero, ¿cómo se convierte un estudiante de a pie en un misionero? Hernández lo explica así: «Cuando un chico, mayor de 16 años, desea unirse a nuestra orden se le invita a pasar unos días con nosotros. Si durante ese tiempo muestra actitud vocacional y Dios le llama a esta forma de vida, se queda con nosotros en una etapa que denominamos prepostulantado. Cuando la persona cree que esta es su vocación y su camino, pide el ingreso al noviciado, para el que hay que tener la mayoría de edad». Se trata de una etapa canónica en la que intervienen leyes eclesiásticas serias y donde ya no se hacen estudios académicos. Esta fase se dedica a la formación específica en espiritualidad, forma de vida e historia. Si al final de ese año el aspirante está llamado a la vida claretiana, entonces pide hacer la ordenación.
Durante todo ese periodo de formación en el seminario, los integrantes hacen votos temporales que renuevan cada año hasta realizar los perpetuos, que normalmente coinciden con la finalización de la carrera de Teología, en el campus de Cartuja. «Tienen nueve años de votos temporales; si en ese periodo todavía no se han decidido, se les invita a abandonar la congregación», explica el catedrático. Y añade: «La mayoría de lo seminaristas quieren ser sacerdotes, aunque hay algunos que no sienten esa vocación pastoral y desean ser claretianos».
«La misión es muy variada», dice Hernández. Un misionero puede «ser llamado» a trabajar en la editorial que la orden posee en Madrid o ser el pastor de una iglesia en Murcia. No obstante, todos los destinos son dialogados. Si un claretiano desea marchar a un país en particular, por ejemplo Brasil, lo solicita de forma fundamentada y la orden decide si compete o no. «En general, sentimos que la misión no es algo personal, la realizamos en comunidad. Yo no estoy en Zimbabwe, pero los que están allí son mis hermanos. De alguna manera nos sentimos partícipes y corresponsables de lo que hacemos todos y tratamos de atender las necesidades y retos más urgentes», concluye Hernández.
Una organización horizontal. Eso es lo que distingue a los claretianos de otras constituciones eclesiásticas. Poseen gobierno local, provincial y general, y los líderes de los tres se eligen y renuevan cada tres o seis años por toda la comunidad. Además, un religioso que estuvo tres años en un alto cargo puede volver a ser, tras su mandato, un ‘soldado raso’ durante el resto de su vida. Por su parte, en el seminario de Granada todo se decide con el voto de los representantes de todos los niveles: estudiantes, mayores, profesores, etcétera. Si se trata de un tema importante, lo vota toda la comunidad y se decide por mayoría absoluta.
La orden se financia con los sueldos de los distintos hermanos: profesores, párrocos etcétera. También con las pensiones de los mayores y las aportaciones voluntarias. El capital es común, puesto que todos renuncian a su autonomía económica. De hecho, Hernández reconoce que no sabe lo que cobra: «Nos sometemos a la obediencia y a la pobreza. Tenemos una inquietud de entregar nuestra vida ayudando a otros. Muchos de nuestros jóvenes han tenido experiencias fuertes con la pobreza y la marginación y al ver el sufrimiento de la gente se despierta el deseo de hacer algo por ellos, entonces se despierta la inquietud misionera».
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