Menos acumulación, más asimilación.


sencillezGonzalo Sanz, CMF.

Uno de los problemas de las sociedades occidentales es el sobrepeso. Y, sobre todo, la obesidad. Basta pasearse por cualquier calle de una ciudad norteamericana para ver los efectos de la mala y excesiva alimentación y de la vida sedentaria. Sobra comida basura y falta ejercicio físico. Aquí, en la India, la mayoría de las personas son delgadas. El contraste salta a la vista. Pero va más allá del aspecto físico. Tiene que ver con nuestra forma de entender la vida y los procesos de crecimiento espiritual. Las sociedades burguesas han inoculado en nosotros el virus de la acumulación: “Cuanto más tienes, más eres”. Incluso aquellos que libremente hemos profesado la pobreza (que incluye, entre otras cosas, un estilo de vida sencillo) caemos en esta trampa.

  • Algunas de nuestras habitaciones parecen un verdadero bazar lleno de cosas innecesarias (No se excluye en algunos un cierto “síndrome de Diógenes”).
  • El consumismo informático nos lleva a adquirir muchos dispositivos electrónicos que acaban produciendo en nosotros una severa adicción.
  • Facebook nos crea la falsa ilusión de que somos muy queridos y reconocidos porque hemos acumulado unos cuantos cientos de “amigos”.
  • Algunos no acaban de sentirse importantes si no acumulan títulos, cursos, talleres, libros … porque “hay que ser competentes en un mundo competitivo” (No importa que luego no tengan la más mínima destreza para la vida pastoral).
  • En los Organismos –y también en la Congregación en su conjunto– multiplicamos los encuentros, reuniones, talleres, etc. sin calibrar a fondo su utilidad y el desembolso económico que suponen.
  • Los novicios que comienzan su año de probación siguen, más o menos, con los mismos hábitos que tenían antes, sin renunciar a casi nada.
  • Nos dejamos seducir por la idea de que la persona que tiene más “experiencias” es más rica. Enlazamos viajes, visitas, etc. como si fueran perlas de un collar interminable.
  • Hasta en el terreno espiritual somos esclavos de un consumismo que nos vuelve ridículamente obesos y, por eso mismo, débiles e inconsistentes.

En los últimos días se han difundido por internet el artículo de monseñor José Rodríguez Carballo, Secretario de la CIVCSVA, en Osservatore Romano sobre las causas de los abandonos enla crisis de la vida religiosa. ¿No será una de ellas la enorme debilidad a que nos conduce la “obesidad” que padecemos? Una vida religiosa tan “pesada” se anquilosa, pierde capacidad de reacción y, desde luego, atrae a pocos.

Se trata de un problema de metabolismo. Si no asimilamos bien los alimentos, los transformamos en grasa. Pero lo que necesitamos es energía. La diferencia entre una persona obesa y otra fuerte no reside solo en la diferente cantidad de alimentos que ingieren sino, sobre todo, en su distinta capacidad metabólica.

Hoy, en medio de tanta acumulación, necesitamos una espiritualidad que nos ayude a digerir bien lo que ingerimos, a metabolizarlo para transformarlo en energía que mueva nuestra vida. ¿Es posible realizar este proceso sin un estilo vida cada vez más simple y sin la práctica del silencio que nos desintoxica? Las personas que no maduran cada vez acumulan más cosas. Las que han hecho el viaje al “centro” cada vez necesitan menos. La energía que les brota les permite afrontar la batalla de la vida cotidiana sin necesidad de llenarse de cosas inútiles.

Lo he visto con más claridad después de una larga conversación con un claretiano indio, verdaderamente energético en medio de su enorme sencillez. Creo que, a lo largo de su vida claretiana, ha asimilado lo esencial. Por eso, no necesita acumular. Tiene dentro todo lo que nunca va a encontrar fuera. Se ríe de los títulos decorativos, viaja en una sencilla moto en medio del caótico tráfico, está metido en mil cosas, visita a las familias de la parroquia una por una … y conserva une enorme sonrisa y una gran frescura espiritual. ¡Es posible!

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