Sanos y sanadores


imagesCAFNA676Por Gonzalo Fernández, CMF.

Hace años se popularizó el libro de Henri Nouwen “El sanador herido”. Nos abrió los ojos sobre el peligro de dividir la sociedad en sanos y enfermos. Todos estamos necesitados de sanación. Y todos podemos sanar a otros a través de la energía que brota de nuestras propias heridas. O, quizá mejor, dejando que Dios mismo transforme nuestras heridas en cauce de su energía sanadora; es decir, salvadora. En los evangelios sinópticos Jesús aparece con frecuencia enseñando y curando. Nosotros, misioneros claretianos, somos servidores de una Palabra que enseña, ilumina, alienta, corrige … y cura. Claret lo entendió bien, no solo en su corta etapa de Viladrau, cuando se aplicó a las curaciones e incluso se adentró por los caminos de la medicina alternativa, sino a lo largo de toda su vida.

He visto esta misma preocupación en nuestros hermanos de la provincia de Chennai. En el centro Kavasam practican la reflexología y otros procedimientos terapéuticos, incluyendo los tratamientos con hierbas medicinales. Al mismo tiempo, enseñan un estilo de vida saludable que previene contra las enfermedades más frecuentes. Son cosas básicas que a menudo olvidamos en una sociedad patógena:

  • Aprender a respirar para lograr una buena oxigenación de la sangre y, con ella, el bienestar general del organismo.
  • Cuidar una alimentación sana y equilibrada, evitando la “comida basura” y la ingesta excesiva de alimentos que conduce al sobrepeso.
  • Dar tiempo a la higiene personal, de forma que el cuerpo limpio sea un reflejo de la limpieza interior.
  • Practicar con regularidad el ejercicio físico así como el trabajo manual, sobre todo cuando uno lleva una vida sedentaria.
  • Cultivar la meditación como forma de acallar todos los ruidos que nos impiden escuchar la música interior.
  • Introducirnos en la oración a través de la acogida de la Palabra de Dios.

Los buenos médicos saben que no pueden tratar a las personas como si fueran mecanismos. La curación debe ser siempre un proceso integral. La mayor parte de los síntomas físicos son señales visibles de desequilibrios psíquicos y espirituales. Por eso, no se limitan a recetar fármacos sino que procuran hacer un diagnóstico certero, escuchan al paciente y le ayudan a poner orden en el caos de su vida.

Algo semejante debería suceder con los ministros de la Palabra. No tendríamos que reducir nuestro ministerio a un anuncio extemporáneo. Como Jesús, hemos de acompañar la Palabra con aquellos signos que la hacen creíble.

Quizá hoy necesitamos redescubrir el poder sanador de la Palabra. Cuando Dios nos habla nos cura por completo. Todos los niveles de nuestra persona –físico, psíquico y espiritual– quedan afectados. Cuando creemos esto descubrimos que somos “médicos del alma”. Estamos convencidos de que la armonía espiritual es principio de curación de todos los desequilibrios humanos. Esto da a nuestro ministerio un nuevo y más hondo significado. En medio de nuestras limitaciones y heridas, creemos que la Palabra de Dios nos sana por dentro y nos capacita para sanar a los demás. En otras palabras, que somos, al mismo tiempo, sanos y sanadores.

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