Los animadores vocacionales y sus agobios


untitledNuestro tiempo es para muchos una cadena de agobios. No sólo se agobian quienes rigen los destinos de los países o toman difíciles  decisiones en la compleja gestión de grandes empresas, sino que se agobia el panadero de la esquina, el médico en su consulta o la madre que guisa para su familia. Los estudiantes se agobian por sus trabajos, pero también porque llenan hasta el borde sus horarios con llamadas de móvil, deportes, fiestas e internet. Los jubilados se agobian porque sus hijos les cargan con los nietos. La expresión «ando agobiado» o «estoy agobiada» es de las más recurrentes en la conversación ordinaria. Pero, por otra parte, se utiliza como talismán para eludir de un plumazo las propias responsabilidades. Y si amonestamos a otro para que cumpla con su deber, salta automática su disculpa irrebatible: «Por favor, no me agobies».

La expresión «agobio» parece tener su origen en el «gibbus» latino, que se traduce por «giba». Una persona agobiada es alguien cargado de espaldas. «Estrés» es el otro nombre de moda de «agobio». Su superlativo es «burnout». Con el anglosajón «stress» se subraya más bien tensión nerviosa que una situación desencadena.

El «estrés» o «agobio» es así un fenómeno fácilmente identificable que padecen algunos animadores vocacionales, cuando notan la tensión de la sobrecarga del trabajo que les quiebra y agota. El agobio es una dolencia que casi siempre puede remediarse aplicando un poco de inteligencia. Los agobiados piensan que su causa está en el exceso de sus actividades; pero, de ordinario, los problemas de agobio nacen realmente de su falta de atención. Los «estresados» se encuentran en ese estado de agitación que llamamos «estrés» por no prestar suficiente atención a la tarea que tienen entre manos. Más aún, quienes se lamentan de estar agobiados lo están, de ordinario, porque tienen su atención desparramada en varias actividades simultáneas, en lugar de concentrarse en una sola.

Si nuestra atención se dispersa en diversas tareas, aunque sean placenteras o atractivas, los resultados son muchísimo más pobres que si atendemos a una actividad detrás de otra, tratando de centrar toda nuestra atención en la que se está realizando. Los seres humanos no somos máquinas «multitarea», sino que nos plenificamos cuando atendemos por completo y con el mayor cuidado a la sola persona o a la tarea que hacemos ahora. Por ejemplo, al elaborar materiales, hagamos cada uno como si fuera éste el único que tengo que hacer; al atender a otros, a veces uno detrás de otro y por un tiempo limitado, tratemos a cada persona como si fuera la única del día, sin pensar en la que hemos de recibir después o en lo que hemos de acometer después. Esto requiere disciplina de la imaginación. Hay animadores que preparan una convivencia pensando en el viaje de la próxima semana y mientras rezan están pensando en  las llamadas por teléfono que deben hacer. Siempre tienen la imaginación algo distinto de lo que realmente están haciendo. Eso hace que vivan con enorme insatisfacción su servicio de animación vocacional.

El problema raíz no es el exceso de obligaciones ni la falta de tiempo. La causa del estrés no suele estar en el exterior, sino en el interior. Nos agobiamos porque nos falta aprender a vivir el presente para así poder disfrutarlo, haciendo una cosa detrás de otra, con paz y con una sonrisa. El agobio entorpece  la emisión de mensajes vocacionales. No lo olvidemos.

Juan Carlos cmf

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