Lo que «cuesta» un misionero Carta de Animadores Vocacionales Misioneros Claretianos. Padres y Hermanos. Febrero 2014


gra-misioneros--390x180Contar con un misionero claretiano bien formado puede costarle a la Congregación una media de 73.000 euros. Hablamos de cifras económicas relativas, porque nuestra Congregación se extiende por los cinco continentes y las tasas económicas se diferencian mucho entre los diversos contextos. Al ingresar, cualquier aspirante a claretiano tiene por delante el Postulantado y Noviciado más seis años de estudios teológicos –o cuatro, si ha cursado con anterioridad la filosofía-.
El coste anual de un Estudiante claretiano que reside en nuestros centros de formación ronda unos 7.000 euros anuales (seguimos barajando un número aproximado de la media total). Este importe incluye alojamiento, comida, atención sanitaria, vestido, gastos por estudios y por otros diversos conceptos.
El proceso de capacitación misionera, sin embargo, no termina en los años previos a la profesión perpetua –en el caso de los misioneros Hermanos- o a la ordenación. En un porcentaje cada vez mayor –gracias a Dios-, nuestros misioneros siguen formándose después: Podemos hablar de un 30% de los nuestros que optan por estudios superiores complementarios, como una primera o segunda licenciatura o un doctorado (los menos). Obtener este máximo título académico puede llevarles como mínimo otros dos años y muchos deben hacerlo en el extranjero. Esta última capacitación supone otros 12.000 euros anuales (2.000 para la matrícula; 8.000, para el alojamiento; y el resto para libros, seguro médico y otros diversos gastos).
El elevado coste que implica la formación de nuestros misioneros es un esfuerzo colectivo que asume toda la Congregación. Y siempre lo ha hecho con mucha generosidad y solidaridad interna. Es la primera necesidad a atender. Nuestras comunidades, nuestros bienhechores y personas anónimas a través de limosnas y donaciones colaboran ingeniosamente para que ninguna vocación claretiana se pierda por falta de recursos.
Los Animadores vocacionales también debemos hacer un esfuerzo de ingenio y de claridad por transmitir a nuestras comunidades esta perentoria necesidad, que es la mejor inversión: ser solidarios y generosos colaborando económicamente en la formación de nuestros misioneros. Esta tarea debe hacerse simultáneamente junto con otras tres: orar, promover y sufrir por las vocaciones.
Con frecuencia, muchos quieren colaborar económicamente a sobrellevar los gastos que origina la formación de nuestros misioneros en formación porque otro misionero en un momento difícil de sus vidas les ayudó y ahora quieren devolver lo recibido. Así debe ser: La ayuda económica es importante, pero tiene que ser signo de fe y de sentido de pertenencia a la Iglesia y de amor a los misioneros.
Y aunque nos preocupen y agobien las dificultades económicas que atraviesan nuestros seminarios en los territorios de misión, no caigamos en la trampa de reducir la animación vocacional solo a montar oficinas de contribuciones. Es cierto que, muchas veces, sufrimos al descubrir que nuestro mundo no frecuenta campeonatos de solidaridad misionera. Hemos de descubrir y digerir-en otros y en nosotros mismos – la ciega frialdad insolidaria. Pero a nosotros nos corresponde también contribuir a ese «deshielo vocacional».
Juan Carlos Martos Paredes cmf

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