Así empezamos y así seguíamos. Gonzalo Fernández Sanz.


front_maria165 años no es mucho en la historia de las instituciones religiosas. Nos quedan todavía 35 para cumplir la venerable edad de 200 años y cubrir así el ciclo completo de nacimiento-desarrollo-madurez y decadencia/renacimiento, propio de estas instituciones. En este “corto” tiempo han muerto más de 4.100 claretianos. Constituyen la congregación triunfante. En la que todavía peregrina por este mundo somos poco más de 3.000. Mantenemos esta cifra, con ligeras oscilaciones, desde hace 40 años. Lo que ocurre es que la geografía humana ha cambiado: disminuye el número de europeos y americanos mientras aumenta significativamente el de asiáticos y africanos.
Los nacidos en España, el país donde fue fundada la Congregación, son ahora 657, bastante menos que en 1970. Su media de edad es alta. Está en torno a los 70 años. Los nacidos en la India, adonde llegamos precisamente en 1970, son ya 595, con una media que no llega a los 40 años. Ocupan el segundo lugar en la lista de países de origen de los claretianos. El desplazamiento es evidente y las consecuencias también.
Cada año, cuando llega el 16 de julio, la fiesta de la fundación, damos gracias a Dios por el don de nuestra familia religiosa en la Iglesia y nos preguntamos por su vitalidad presente y su proyección futura. Somos un instituto religioso formado por “presbíteros, diáconos, hermanos y estudiantes” (CC 7). En cuanto instituto religioso, participamos de la profunda crisis que afecta a las formas tradicionales de vida consagrada hoy. Es normal, pues, que nos hagamos algunas preguntas relativas a nuestra identidad y misión: ¿Estamos siendo fieles al espíritu original? ¿Somos capaces de encarnarlo en nuestro tiempo? ¿Vivimos unidos o dispersos, alegres o resignados, comprometidos o desorientados? ¿Qué podemos ofrecer de valioso y atractivo a las nuevas generaciones?
Nuestro Fundador, cuando narra la fundación de la Congregación, utiliza una frase sintética: “Así empezamos y así seguíamos” (Aut 491). ¿Cómo empezaron y siguieron los primeros? La respuesta es clara: “guardando estrictamente una vida perfectamente común” (nótese el uso de los dos adverbios) y “trabajando en el sagrado ministerio”. Vale la pena detenerse en estas expresiones y, a partir de ellas, examinar lo que vivimos hoy.
• Los primeros misioneros vivían una vida “perfectamente común”. El capítulo I de las Constituciones –dedicado a la comunidad misionera – describe cómo vivir este ideal hoy. Quienes lo ponen en práctica, incluso con las normales limitaciones, experimentan los frutos descritos por el salmo: “¡Qué hermoso es vivir los hermanos unidos!” (Sal 132,1). Constituyen una parábola viviente. En tiempos de individualismo y de soledades mal curadas, las experiencias comunitarias genuinas ejercen una poderosa atracción. Estamos llamados –por biología, cultura y vocación– a vivir un “nosotros” humanizador. Por desgracia, muchas de nuestras comunidades han sucumbido al diablo moderno del minimalismo. En el mejor de los casos, oran, comparten la comida y la recreación, programan y trabajan en común, dialogan …, pero lo mínimo imprescindible. Sus miembros siempre tienen otras más cosas más importantes y urgentes que hacer. La comunidad acaba siendo una “estación de servicios”. El resultado es un raquitismo comunitario que entristece a sus mismos miembros y no atrae a otros. ¿No será este minimalismo –expresión visible de anemia espiritual– una de las causas de nuestra crisis? Lo que “ganamos” en autonomía, privacidad y comodidad personal lo perdemos en autenticidad, eficacia y testimonio.
• Los primeros misioneros “trabajaban en el sagrado ministerio”. El capítulo VII de las Constituciones –dedicado a nuestra misión– describe cómo encarnar este ministerio en la actualidad. ¿A quién se le ocultan las dificultades que hoy encontramos para ejercer el ministerio de la palabra? Y, sin embargo, cuando estamos apasionados por él nos sorprendemos de su poder sanador e iluminador en todos los contextos culturales, también en aquellos marcados por el secularismo y el agnosticismo. El ministerio, cuando se vive como “envío misionero” y no como proyección de los propios intereses, es una fuente inagotable de alegría, fuerza, entrega y superación. ¿No estará en el alejamiento de este “sagrado ministerio” –y en su sustitución por otras ocupaciones más seculares– otra de las causas profundas de nuestra crisis de identidad?
Es claro cómo empezaron nuestros pioneros. ¿Estamos nosotros siguiendo así?

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