Ayudar a Dios


Viene a mi memoria una bonita historia del escritor brasileño Pedro Bloch donde se narra el diálogo que este autor tuvo con un niño y que le dejó literalmente conmovido.
— ¿Rezas a Dios? —preguntó Bloch.
— Sí, cada noche —contestó el pequeño.
— ¿Y qué le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo. Tendríamos que preguntarnos qué sentiría Dios al oír a este chiquillo que no fue a Él, como hacemos la mayoría, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas y de protestas por lo mal que marcha el mundo. Lo sensacional de la actitud de ese niño fue ofrecerse llanamente a Dios para echarle una mano, si es que Él le necesitaba para algo.
Esta historia pueda resultar poco creíble, insólita e… ¡irrepetible! Porque no cabe en un mundo como el nuestro repleto de gente exigente y protestona. Y sin embargo, coincide con lo que Antonio Mª Claret vivió, también de niño, como él mismo narra en su autobiografía. Lo detalla así: “Al anochecer, cuando apenas quedaba gente en la iglesia, entonces volvía yo y solito me las entendía con el Señor… Me ofrecía mil veces a su servicio, deseaba ser sacerdote para consagrarme día y noche a su ministerio, y me acuerdo que le decía: Humanamente no veo esperanza ninguna, pero Vos sois tan poderoso que, si queréis, lo arreglaréis todo” (Aut. 40).
Hay que contar historias de este tipo para que todos aprendamos a vivir. La auténtica vida –que llamamos vocación- o nace del amor o es un fiasco. La vocación no consiste en un forcejeo inútil contra un Dios autoritario, ni de satisfacer los propios gustos y deseos, ni se confunde con un golpe de buena fortuna, ni se reduce a acertar en la lotería de la vida… La vocación tiene sus raíces en ofrecerse a Dios para ayudarle.
Los animadores vocacionales deberíamos «sulfatar» las raíces de todas las infancias y adolescencias contra el egocen-trismo, para que cuando, antes o después, pase el tiempo de la ingenuidad, cuando el viento se lleve los sueños ingenuos que alguien les prendió con alfileres, lo que les quede en el recuerdo sea el convencimiento de lo que más vale en la vida es tener un corazón no demasiado encallecido por el egoísmo, los ojos limpios y algunos kilos de coraje. No hagamos de esa vida-vocación una piedra para sentarse en ella a llorar, sino un trampolín en el que hay que apoyar bien los pies para saltar constantemente hacia lo alto.
Juan Carlos Martos, cmf.

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